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Pequeños retales de literatura

jueves, junio 09, 2011

Si el tiempo fuera de chicle

Siempre que me dicen: "-Andando que es gerundio". Yo respondo: “-Mejor me quedo quieto que es participio”.
Alvaro Carmona

Entre unas cosas y otras el tiempo pasa volando. Desde ya muy jovencito me cree la fantasía de que ojalá los días tuvieran 48 horas en vez de 24; era un juego mental en el que me imaginaba a mí como esos superhéroes de las series que están ahora de moda, donde personas normales y corrientes tienen algún tipo de poder extraño. Si hubiera sido así, hubiera deseado poder parar el tiempo. El otro día me sorprendí como cuando era niño imaginándome que si se me apareciera Al Pacino ofreciéndome firmar un papel que dijera que los días tuvieran más de 300 horas, lo firmaría sin pensarlo, siendo el alma negociable (me imagino que en cómodos plazos). La manecilla del reloj entonces se pararía al llegar al llegar a las doce, y todo el mundo se pararía, como en esos anuncios donde la cámara captura un instante y el mundo se congela, quedando los objetos suspendidos en el aire. Pura liberación, como aquello que decía Cortázar de que los relojes eran pequeños infiernos floridos. Un segundo que fuera eterno (siguiendo con los clásicos aquí evoco a Borges). Por fin podría ir sin prisas por la vida, sin pensar que todo se acumula, y que el tiempo nunca alcanza.

Sospecho que ese exceso de horas solitarias mientras para mí sería una bendición para la gran mayoría de la humanidad sería un suplicio. Podríamos pensar que soportar tantas horas con la única compañía de uno mismo volvería loco a casi cualquiera, aunque puedo decir que yo al menos unos cuantos meses creo que soportaría bastante a gustito antes de que llegara el momento de comenzar a agobiarme.

La otra gran pregunta con la que uno siempre acostumbra a plantearse en el juego de las preguntas sin respuesta es si a uno le plantearan la inmortalidad que decidiría. Mi concusión es que los más egoístas deciden vivir eternamente, y los menos, deciden envejecer con sus seres queridos. Y a mi me pone mitad y mitad. La inmortalidad está bien sólo en los libros.

Recuerdo que había un relato –que no sé de quién- en el que un astronauta estaba en la estación espacial, y desde allí veía como explosionaba la Tierra quedando el como único superviviente. Eso sí que sería chungo. Creo que llegado ese punto, uno entonces graba un mensaje de despedida por dejar un último testimonio por si acaso, y luego se toma unas pastillitas que lo lleven hacia el sueño eterno.

Me viene a la cabeza también esas gran película que emitieron en los años ochenta, y que los que pasamos los treinta recordamos con bastante nostalgia, por haberla vista durante nuestra más tierna infancia: “Naves misteriosas” de Douglas Trunbull, y que seguramente está entre las películas que más búsquedas infructuosas ha causado en Google. Yo al menos recuerdo que la primera vez que quise aclarar mi duda de cómo se llamaba esa película, no paraba de encontrar foros, portales y demás, dónde otra gente también buscaba la misma película sin ninguna respuesta positiva. Por fin algún empedernido cinéfilo desde su infame cubículo dio la respuesta correcta, y aquello se escampó como la pólvora por toda “la internet”, y la información sobre la película comenzó a brotar por la red como si se hubiera descubierto la roca de donde mana un intenso manantial.

Naves misteriosas

Naves misteriosas narra en como en un futuro más que cercano (es en el 2012, aquí a la vuelta de la esquina, claro que según otras películas ya tendíamos que estar con taxis espaciales recorriendo las calles) la tierra está completamente yerma, y sólo queda una nave que transporta fauna y vegetación en el espacio con varios astronautas como tripulantes de la nave. Por alguna razón la nave recibe la orden de volver a la tierra y destruir los invernaderos que transporta, y es entonces cuando el encargado de su mantenimiento se enfrenta al resto de la tripulación. En la disputa sus compañeros mueren, y queda él solo en la nave con la única compañía de dos o tres robots que aunque no pueden hablar, empatizan totalmente con el protagonista; con decir que hasta tengo un amigo que lloró cuando uno de los robots se escacharraba (mi amigo también soltó una lagrimita viendo Armageddon, lo cual ya tiene delito y demuestra que mi amigo quizás es un poco de lágrima fácil).

Me pongo a escribir y veo que me enrollo y al final dudo, de si por lo que he escrito merecía romperse el silencio del blog. Supongo que sí. El problema de estos silencios es que cuando más tardo en escribir el post, más me cuesta escribir un post que encuentre que merezca ser escrito. Este lo vale, aunque sólo sea por haber recordado esa maravillosa película que fue Naves Misteriosas. Seguramente si la viera ahora ya no sería lo mismo, aunque supongo que un día la revisitaré.

Volviendo al tiempo -volviendo a tiempo-. Una curiosidad: ¿Sabían que en la revolución francesa se intentó instaurar el día de diez horas? Bueno, el tiempo real no cambiaba, sencillamente se trataba de instaurar el sistema métrico decimal a la hora de medir el tiempo, de tal manera que 1 día tuviera diez horas “nuevas” y cada una de esas horas “nuevas” tuviera “ 100 minutos “nuevos”. De tal manera que la nueva hora tendría 144 minutos viejos (acabo de hacer el cálculo).Vamos, horas de 144 minutos, ¡ni las horas de los relojes de Bilbao, oye!

Durante los meses que se instauró, el sistema no acabó de cuajar por eso, y Napoleón lo abolió y volvió al gregoriano tradicional. Me imagino que bien hecho, porque eso de tener que decir la hora con tres cifras no creo que fuese en realidad demasiado práctico (es como esas empresas que desean simplificar sus procesos, y para hacerlo lo cambian todo de arriba abajo sin dar valor a la experiencia, y acaban haciendo un kilombo de cuidado.

Ale! Se acabó la fiesta del corcho. ¡Hasta el año que viene! (bueno espero no tardar tanto para la próxima entrada ;D)

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6 Comments:

Blogger miquel zueras said...

Un post muy interesante sobre el tiempo "que és com la mula, mai recula". Me ha gustado que alguien recuerde la muy injustamente subvalorada "Naves misteriosas" donde Bruce Dern comparte protagonismo durante todo el metraje con dos robots en una nave-invernadero, un título para recordar.
Y muy bueno el vídeo de "Monster Party" de la anterior entrada, creo que es del programa "Midnigth Theatre" de la ABC. Saludos. Borgo.

5:22 p. m.  
Blogger Vigo said...

Gracias por pasarte por aquí Miquel. La película Naves Misteriosas sí que es verdad que está subvalorada, pero en nuestra memoria de infancia somos muchos los que recordamos entre otras escenas, la de los astronautas corriendo con karts por la nave espacial -quizás aquello era una especie de sueño para todos los niños que veían la peli-. Supongo que con el tiempo la película se irá ganando un mayor espacio en los libros de crítica cinéfila.

A mi desde luego me maravillan estas películas de Ciencia Ficción con no demasiado presupuesto, y donde no hace falta que salgan increíbles efectos especiales para contar una buena historia (muchas veces menos es más). En cambio me suelen aburrir cuando la película se basa sólo en un exceso de explosiones y en una historia que en realidad casi no cuenta nada interesante.

Entre las últimas películas de ciencia ficción que de verdad me gustaron, está Moon de Duncan Jones. Una gran película que te recomiendo.

Y repito: gracias por la visita, Miquel. Un placer tenerte por aquí.

8:53 p. m.  
Blogger Doctora said...

Bueno,lo del robot no es nada,yo casi lloré cuando Tom Hanks pierde el balón de rugby en "Naufrago" ;P

9:44 p. m.  
Blogger Vigo said...

Es que Wilson era mucho Wilson. Aün me pregunto por qué narices no lo nominaron como mejor actor secundario. Quízás por su condición de cuero... ¡Racistas! ;D

12:36 p. m.  
Anonymous dirhector said...

¡Vaya! creía ser el único marcado en la infancia por la soberbia "Naves Misteriosas". Todavía guardo en la retina la escena del robot solitario, regando las plantas y perdiéndose en el espacio, con esa melodía que aún recuerdo... será que soy un treintañero nostálgico, pero me alegra saber que no soy el único que la recuerda con nostalgia.

12:47 a. m.  
Blogger Vigo said...

Pues sí somos unos cuantos. El otro día recordabamos entre unos amigos treinteañeros escenas de algunas películas de ciencia ficción antigua.
La que se llevó la palma es la escena final de La invasión de los ultracuerpos en la versión de Donald Sutherland.
Me imagino que si la has visto también se te habrá quedado grabada esa magnífica escena final.
Un saludo, y gracias por comentar.

1:32 p. m.  

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