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Pequeños retales de literatura

martes, enero 31, 2006

El origen del deseo

Suena la voz negra de Ben Harper, mientras los acordes de una guitarra cercana suavizan cada una de sus palabras. Sexual healing canturrea, que traducido vendría a ser algo así como sexo curativo. Mi inglés gana leído y pierde en oral, así que se me escapa la compresión de casi toda la canción, pero a pesar de todo me dejo arrastrar por la música, y mientras suenan los acordes, yo intento acompañar los riffs de guitarra con mi tecleo. Me pregunto cual es el verdadero origen del deseo sexual, de donde nos viene esa vitalidad que nos desborda, ese sin vivir que es capaz de enloquecernos. Schopenhauer decía que el placer sexual era una treta que la naturaleza había inventado para evitar la extinción del hombre, pues si por nosotros fuera, arreglados íbamos. Otro aguafiestas era San Agustín que decía que el origen del deseo estaba en la desobediencia humana a la Ley divina. Pero si quieren entender el deseo, como lo entendemos la mayoría de los mortales, a quien deben leer sin duda es a Henry Miller. Una vez en una entrevista respondió: “Cuando digo: Todo se lo debo a Francia, no es verdad. Anaïs es Francia. Para mí ella era Francia, me abrió los ojos, me instruyó. En los hechos le debo todo, porque sin ella, no creo que hubiera llegado a ser gran cosa como escritor". Lean Sexus, o tal vez alguno de los Trópicos, porque en sus páginas descubrirán cosas tan sencillas, como el sentido que tiene mordisquear el lóbulo de una oreja, o el acariciar el contorno de unos labios. Y aunque también sus páginas estén llenas de desesperación, no cabe duda que son un canto de triunfo del Eros contra el Tánatos.
Alguien me contó que en un día de extremo calor (contrastando con la ola de fred y neu que nos asola) vio un perro bulldog sediento correr hacia una fuente de donde manaba el agua, y casi pudo apreciar como el perro mordía el líquido transparente, dejando que el agua cayese por los bordes de su boca. Eso es el deseo: pura sed.


Porque quiero tu cuerpo…
Blas de Otero

Porque quiero tu cuerpo ciegamente.
Porque deseo tu belleza plena.
Porque busco ese horror, esa cadena
mortal, que arrastra inconsolablemente.
Inconsolablemente. Diente a diente,
voy bebiendo tu amor, tu noche llena.
Diente a diente, Señor, y vena a vena
vas sorbiendo mi muerte. Lentamente.
Porque quiero tu cuerpo y lo persigo
a través de la sangre y de la nada.
Porque busco tu noche toda entera.
Porque quiero morir, vivir contigo
esta horrible tristeza enamorada
que abrazaría, oh Dios, cuando yo muera.

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4 Comments:

Blogger Magda said...

Querido Vigo, un bello texto el que has escrito.

¿Cual es el verdadero origen del deseo sexual, de donde nos viene esa vitalidad que nos desborda, ese sin vivir que es capaz de enloquecernos? de la líbido, esa casita maravillosa que un día también se vuelve antigua, también se cansa, pero afortunadamente tiene muchos años de vida...

Si, hay que hacerle caso a Miller, totalmente de acuerdo, y también a Bataille quien asegura que el deseo es como un conito que hay que llenar, esperar que se vacíe y volverlo a llenar. También hay que seguir a García Ponce, para quien el deseo es vida, salud, entrega, luz, unión, comunicación, pero sobre todo es, dice, "ese lenguaje de los cuerpos tan maravilloso".

Un beso, Vigo.

5:43 p. m.  
Blogger Neus said...

Vigo,

en últimas, el deseo es lo que nos separa de la muerte. ¿Podrías / te interesaría/ vivir sin desear? (aunque sólo fuera a ratos)

Que tengas un buen día.

6:30 p. m.  
Blogger Palimp said...

Recomendables son también los diarios de Anais Nin, no tanto por su calidad literaria sino por su expresión del deseo.

8:53 a. m.  
Blogger Vigo said...

Magda, ocurre a veces que nos enamoramos de una canción extranjera sencillamente por el sonido, sin realmente entender la letra. Y luego un día descubrimos que el significado de la letra corresponde exactamente lo que nos hubiese gustado que fuera... Y por qué te contaré esto pensarás... Supongo que a García Ponce le debió pasar algo parecido cuando comenzó a traducir a Bataille.

Neus, la vida supongo que perdería bastantes alicientes... uno ha de estar lleno de deseos, aunque éstos puedan parecer absurdos para el resto de las personas. Pero el deseo en su grado máximo creo que es peligroso, como un domador que esté delante de una fiera. ¿Quién por ejemplo no se ha enfurecido alguna vez al descubrir que la chica que uno desea esta por ejemplo besándose con otro? Uno entonces deja de ser domador y se convierte en la propia fiera.

Palimp, la verdad es que he comprado algunos tomos de los diarios de Anaïs, pero de momento esperan en su correspondiente estantería esperando que un día me venga el deseo y el tiempo para echarles un vistazo un poquito en serio.

3:16 a. m.  

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