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Pequeños retales de literatura

domingo, julio 17, 2011

Constatación brutal del presente -Javier Avilés- (II)

(Boom!) That’s a little scientist joke, and the proper way to begin this. As for the purpose of my notebook, I’m uncertain. Perhaps to organize my thoughts and not to go insane.

Tight Little Stitches in a Dead Man's Back
Joe R. Lansdale


Intentemos poner algo de luz en la oscuridad sobre el libro Constatación brutal del presente de Javier Avilés, aunque sea a costa de decir alguna u otra tontería, porque si dejo pasar demasiado el tiempo acabaré como el protagonista de la novela, y olvidaré los recuerdos nebulosos de la novela que aún permanecen en mi memoria.

CBDP se presenta como una sucesión de secuencias difíciles de enlazar, primeramente comienza con Sigma Fake, que da algunas de las interpretaciones para entender como se inició el desastre, tomando de referencia el documental de Allen Smithy que ya expliqué en mi anterior post. Esta secuencia se simultanea especialmente con el titulado Sección 9. Entre ellos también hay insertados un par de capítulos pequeños El otro, y El fin. Y al final está el capítulo que da propiamente el título al libro: Constatación brutal del presente, que es el que tiene una intención formal menos compleja. Según nos cuenta Avilés el orden de escritura de los capítulos fue inverso al que aparecen en el libro.

Sigma Fake comienza con un hombre atrapado entre cables y tuberías, parece que está escondido con un arma en la mano, quizás sin posibilidad de salir de allí. El hombre parece tener una confusión mental, y escribe una y otra vez como una especie de acto de autoafirmación, y también para que los recuerdos del presente no se diluyan como parecen haberse diluido los de un pasado más remoto. Según parece lleva ya unos años allí atrapado (quizás trece). Pero sus escritos son obsesivos; una divagación reiterativa sobre la imposibilidad de narrar en un mundo donde todo se ha destruido. El hombre es capaz de verse a si mismo, y explica de forma difusa la concepción de este libro.

Hay varias interpretaciones o referencias que se me ocurren a colación. Quizás la primera sería interpretar a Javier Avilés como un reflejo de este hombre que escribe, con un bolígrafo en mano en vez de arma (de hecho en el pasaje un bolígrafo se transforma en arma), y que nos cuenta una especie de hartazgo narrativo: no se puede narrar porque todo ya está escrito, o porque todo sencillamente tiene la posibilidad conceptual de ser escrito, y por tanto será escrito en algún momento por otra talentosa mano. A mi modo de ver esta percepción ocurre en los lectores compulsivos como yo mismo, que acabamos relacionar fácilmente unos libros con otros, y que tenemos tantas referencias que a veces nos es complicado no encontrar precursores a todo lo que en cualquier momento se escribe. Teóricos como Vladimir Propp o Joseph Campbell reducen los hilos argumentales en una serie limitada de categorías, pero no hace falta llegar a este extremo de simplificación, cuando se ha leído mucho es fácil emparentar un libro con otro o una película con otra, y demás.

El capítulo de Sigma Fake tiene rápidas correspondencias cinéfilas, 1) con el principio de la película Old Boy, dirigida por Chan-wook Park en la que un hombre es encerrado durante quince años en una habitación sin saber por qué, con la única compañía de un televisor. 2) Y aún más clara, con Haze (Neblina) de Shinya Tsukamoto en la que también un hombre aparece atrapado en una especie de conducto sin saber por qué. En cierta manera el ejercicio de estilo de Javier Avilés, está muy inspirado en el mediometraje de Tsukamoto, por el clima opresivo y la ausencia de respuestas que el protagonista lanza al aire en sus pequeños monólogos; divagando sobre si le habrán lavado el cerebro; habrá caído una bomba en el exterior; habrá perdido la memoria, o habrá sido secuestrado por un psicópata (la versión occidental a este tipo de films me imagino que correspondería a la sangrienta saga de Saw).

Y de la misma manera que Javier Avilés intenta dar una vuelta de tuerca al tema de los falsos documentales con Sigma Fake, también da una vuelta de tuerca al tema de la muerte del autor. Si Barthes popularizó esta expresión dando más valor al lector que al narrador, aquí nos encontramos con un mundo apocalíptico que confunde la realidad exterior al libro con la propia ficción literaria. Por un lado tenemos un texto “nebuloso” que obligatoriamente ofrece un abanico amplio de interpretaciones por parte de los lectores, que se volverán a su vez autores. Pero no sólo eso, sino que se plantea que si el mundo se ha vuelto apocalíptico ya ni siquiera quedarán lectores, por lo que cualquiera acto de escritura irremediablemente lleva a una narración imposible, a una inutilidad del propio acto de la escritura.

La sección 9 es la siguiente secuencia, y de hecho interpreto que está sección está totalmente vinculada a ese espacio de tuberías y cables del que hablaba antes. Sólo que la Sección 9 era antes de la bomba, y luego por el efecto de la devastación quedó convertida en ese amasijo de tuberías y cables.

La sección 9 está sino recuerdo mal en el subsuelo de la Cúpula (que parece el organismo de dirección central). La sección 9 es en principio un lugar donde se experimenta con humanos. Parece que a los pacientes que están allí, se les hace algún tipo de trepanación en el que se les extirpa la hipófisis, lo que produce una alteración metabólica que altera la conciencia. La imagen de la extirpación me hizo acordarme del cortometraje de Pi –otro film igualmente opresivo- de Darren Aronofsky en la que el protagonista se taladra el cráneo.
Pi

En la sección 9 uno pierde la conciencia individual y los recuerdos y pasa a tener una especie de conciencia colectiva o de enjambre. Pero el camino de esta experimentación deja al paciente en un estado animal, cercano a la locura, con unos impulsos que le hacen tener una inmensa sensación de hambre, sed y sobretodo ansia cuando se despiertan de la operación (cuando lo leía también me acordé del Tratamiento Ludovico de La naranja mecánica de Kubrick). Puede que el protagonista estuviera en este pabellón de experimentación durante cinco años, pero tampoco lo tengo muy claro, y no sé si malinterpreto las secuencias temporales (como muchas otras cuestiones argumentales). Parece ser que tras la bomba hubo una rebelión en la sección 9, o quizás fuera la rebelión en la sección 9 lo que luego desencadenó la bomba.

La sección 9 también parece tener una especie de fábrica de empaquetamiento donde colocan luego a los sujetos preparados ya para trabajar. En el libro también se narra una especie de accidente en una cinta de la cadena de montaje, que provoca al protagonista una herida y una infección, que desemboca en diversas amputaciones (o aprovechan ese accidente para llevarlo al pabellón experimental de la Sección 9).

La tercera parte del libro es la que sigue un hilo temporal y narrativo menos caótico, y las frases no son tan abruptamente entrecortadas como sucedía al principio. En CBDP el mundo ya está devastado, y tres personajes algo siniestros, comparten la hoguera y la comida (latas de judías), y cada día andan en la misma dirección caminando hacia la Cúpula. Apenas hay diálogo entre ellos. La realidad en la que viven está llena de detalles brutales. Uno de ellos que lleva una máscara de koala y arrastra el torso desnudo de un cadáver. De esta se explica que antes de llevar la máscara presenció la violación de su mujer por otro que llevaba la misma máscara, al que tras matarlo, él terminó suplantando, como portador de la máscara de koala.

Lo de cometer actos violentos llevando una máscara de animal en el rostro, es algo que tiene una cierta tradición americana, cuyo origen es la leyenda urbana sobre “The Bunny Man”, que luego hemos visto reflejado en películas como Donnie Darko o ya en su versión koala con la película japonesa “The executive koala” cuyo protagonista también tiene problemas memorísticos. Incluso Javier Avilés comenta en su blog, que dudó si hacer que el personaje llevara una máscara de conejo o de koala. Me imagino que un animal pequeño que normalmente parece inofensivo, cuando se le dota de un tamaño humano y rasgos antropomórficos, produce un cierto rechazo. Y más por el motivo de la ocultación de rostro tan asociado a los actos delictivos (hay por ejemplo también toda una tradición de asesinos que ocultan su rostro con el maquillaje típico de los payasos).

Bunnie Mask
¿No me digan que no hay algo terrorífico en esta foto de inocentes niños?

La cuestión es que de esos tres personajes que se dirigían a la cúpula, dos acaban muriendo por una pelea en la que ambos se asesinan, por lo que sólo queda el hombre al que apodamos “el hombre del traje marrón” dirigiéndose hacia la Cúpula. Quizás este personaje sea el mismo que estaba en la Sección 9, o quizás se trate de una especie de consecuencia de esas conciencias colectivas.

Al final el hombre llega a la Cúpula, y recupera los escritos que había allí escondidos, donde están los jirones de su memoria.

El libro por eso me imagino que tendrá otras interpretaciones, pero como ya decía a mi me descoloca un poco tantos vacíos narrativos, y no soy precisamente la mente más despierta para argumentos complicados, los cuales siempre me acaban cargando. En el libro hay algunos fragmentos menos experimentales y de gran lirismo que son los que a mí especialmente me agradan. Aquí dejo una muestra:

Cuando todo se quebró, cuando se rompió la conexión con la colmena, cuando sentí la soledad como una punzada de dolor por todo el cuerpo, cuando el mundo tembló y el Fin sobrevino, antes de enquistarme en el polvo y las tuberías y todo eso, alcé la vista al cielo y las vi. Millones de mariposas de ceniza meciéndose lentamente hasta llegar al suelo. El mundo estaba ardiendo, pero la belleza persistía porque yo estaba allí para contemplarla. Entre el dolor y la destrucción. Todo debe ser falso.

Si el libro hubiera seguido más este camino lírico que ese otro más experimental, seguramente hubiera sido más de mi gusto. Pero para gustos colores. Así que sólo queda agradecer al menos la valentía al menos de Javier Avilés de confiar en su instinto, y escribir este libro, y a los demás decirles que lo lean y que luego opinen, pues uno ha de experimentar nuevas lecturas y nuevos estilos, para saber si las cosas son de su agrado o no. Eso sí, creo que es un libro un poco complicado, y se le atragantará si no es usted un lector compulsivo.

PD. Por si hay alguien que recuerda la vieja Cúpula en las llamadas rolkamas, que se hacían en un viejo programa de radio Hospitalet, llamado Sábanas con chinchetas, cuyo presentador era el inolvidable José Miguel Cruz, y que a mí desde luego me hizo pasar noches inolvidables (aún debo tener en algún rincón cintas de las antiguas cassettes con algunos míticos programas grabados). Y por eso, en esta oportunidad que se me presenta ahora, no puedo más que homenajear a todos aquellos que siempre se sentirán chinchetaires, con uno de los más famosos gritos de guerra de aquel programa: ¡¡¡VIVA LA CÚPULA!!!

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2 Comments:

Blogger C. Martín said...

No tiene nada que ver, pero me ha parecido gracioso que tu post haga mención a una Cúpula cuando justamente hoy he ido a comer a un precioso restaurante (por las espectaculares vistas) del Garraf llamado precisamente La Cúpula.
Así que me uno a tu grito de viva la cúpula, of course
:-)
(sí, todavía me duran los efectos del Martín Codax X-DD )

12:17 a. m.  
Blogger Vigo said...

El mundo está lleno de pequeñas casualidades o no (véase conferencia escépticos).

Yo estuve este fin de semana por Girona en una casa rural, tomando un vino que venía en garrafa de 10 l.

Me imagino que siempre habrá clases y clases (a ver cuando te enrollas y te traes una botella de ese chianti de tu bodega)

Siempre, siempre, siempre: ¡¡¡Viva la cúpula!!!

5:04 p. m.  

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