La Librería

Pequeños retales de literatura

sábado, julio 14, 2012

Alberto Olmos -El talento de los demás-

Hacer una reseña de un libro cuando ya han pasado varias semanas desde que el libro fue leído, no tiene gracia; más que nada, porque los olvidos han hecho mella ya en los recuerdos y así luego… es más complicado todo. Todos tarde o temprano acabamos bebiendo de las aguas de Leteo, por eso mejor escribir cualquier reseña cuando las sensaciones sobre el libro aún se tienen recientes. Por suerte frente a mis olvidos, está la red, y así me permito repescar con ayuda de algunas otras reseñas –¡el talento de los otros!- mis propios recuerdos.

Me va a salir un post algo engolado ya lo veo, pero es que cuando veo la riqueza en el vocabulario de Alberto Olmos, y sus hallazgos en las metáforas, me animo yo también a intentar recargolar mis serpientes de letras. Hay gente que le molesta esta práctica porque consideran que es complicar lo sencillo, y se molestan al encontrar determinados adjetivos en registros que no son los acostumbrados. A mí si que me gusta la prosa de Olmos, porque un estilo florido siempre me parece mucho más sugerente que un estilo demasiado sobrio o escueto. El minimalismo está muy bien para los interiores, pero nunca puede alcanzar la belleza de una catedral gótica de cúpulas de aguja, arbotantes, contrafuertes y arcos ojivales. Creo que aún así, tanto yo como Olmos huimos como de la peste de lo cursi, pero eso no impide que haya un cierto acercamiento hacia la prosa barroca o poética. Aviso: cuando leo un libro suelo anotar en una hoja las palabras que no entiendo para buscarlas luego en un diccionario. Con Olmos mi lista de palabras se convierte en un no parar de apuntar. Eso quizás es el rasgo más característico de Olmos, su gran dominio sobre el lenguaje.

El talento de los demás. Olmos Quizás el que quiera leer la novela es mejor que pare aquí de leer esta reseña ya que siempre he pensado que igual que los prólogos las reseñas se leen mejor a posteriori cuando funcionan más como club de lectura y como intercambio de opiniones, que como preludio a una lectura. Pero como casi todos los que pasen sus ojos por estas palabras, los que nunca lean esta novela, o por el contrario los que ya la hayan leído, me aventuro a desvelar algunas partes de la trama (nada por otra parte que sea determinante).

Sin embargo aunque voy a comentar el argumento de la novela, donde más me apetece centrarme en este post es en algunas de las reflexiones que la novela plantea sobre la cuestión del talento. En cierta manera la tesis central del libro de Alberto Olmos no deja ser una prosa centrípeta –soy de ciencias- que tiene como eje central la cuestión del talento, la pregunta clave es: ¿a qué se debe el talento en un artista? Olmos reflexiona sobre esta cuestión, aportando varios puntos de vista, como si se tratase de un prisma de múltiples caras, donde no hay una solución que sea la única, sino que todas juntas forman distintos puntos de vista con los que encarar el tema, y sirven para que reflexionemos con distintas perspectivas sobre la cuestión del talento.

El libro El talento de los demás viene definido por tres partes bastante independientes, cuyo nexo es la vida del joven Mario Sut. Cada una de las tres partes funciona como un cuento independiente.

La primera parte: "El talento de Mario Sut", que viene a ser la narración del ascenso y descenso en la escala de la genialidad por parte de Mario Sut, un joven violinista que vive básicamente para convertirse en un virtuoso del violín. Mario tiene talento y la academia donde recibe clases lo sabe, y en él ha depositado las expectativas para recuperar un prestigio perdido, por ello Mario es enviado con un tutor por distintos certámenes musicales para que consiga el máximo número de premios, sin embargo lo que en un principio parecía que para Mario era coser y cantar, comienza a no serlo cuando Mario atraviesa una etapa de crisis en su genialidad, que le devuelve al mundo de los mediocres.

La segunda parte: "El talento de los demás" es formalmente bastante curiosa porque esta narrada en una polifonía de voces de un grupo de amigos, en la que cada voz se entreteje con la siguiente. El grupo de amigos está compuesto por una pandilla de jóvenes con inquietudes artísticas que ya han dejado la adolescencia atrás y se debaten entre sus seguir con sus sueños artísticos o la búsqueda de una cierta estabilidad laboral. La mayoría de los jóvenes han abandonado ya sus esperanzas de consagrarse como artistas, sin embargo es el encuentro con Mario Sut -cuya figura en esta parte solo aparece de refilón-, cuya mera presencia, parece infundarles nuevas fuerzas para embarcarse en el rodaje de un cortometraje: La historia del cine en siete minutos y medio. Aquí Mario Sut se ha convertido en un vulgar teleoperador, que ha transformado toda su genialidad con el violín en una eficiencia absoluta para un puesto rutinario en el que no siente ninguna presión por ser el mejor. En esta parte también hay un juego literario que nos hace dudar de si la primera y la tercera parte de la novela, no deja de ser una invención literaria de los aspirantes a novelistas que hay en la cuadrilla de amigos.

La tercera: "Un final para Mario Sut", parte es un curioso experimento/competición farmacéutico en la cual Mario Sut toma parte; se trata de una prueba de resistencia, en la que varios candidatos luchan por aguantar el mayor número de horas seguidas sin dormir. El final –que no desvelo- me hizo sentir varias sensaciones, por un lado pensaba que Olmos me estaba vendiendo un final muy cutre, y por otro a veces parecía que ese final cutre se transformaba en un final genial. Al final se quedó en un fifty fifty que al menos me contentó (mal-herido echaría pestes sobre Olmos, pero yo tengo un temperamento más tranquilo). Lo que valoro es que se nota que Alberto Olmos ha trabajado argumentalmente la novela intentando que todos los hilos de la trama quedaran bien enlazados, aunque el final sea o no sea de mi total satisfacción.

(Continuará)

Einstein y violín
(Sin duda, uno de los mayores genios que la humanidad ha tenido)

Y de propina una divertida anécdota suya:

En una de estas veladas, un conocido periodista, dibujante de tiras cómicas en varios diarios de la época, que asistía por casualidad aquella noche, escuchó la música de aquel físico violinista y se rió y bromeó con su actuación...

Es posible que Albert Einstein no tuviera una noche muy inspirada, sin embargo, molesto, se fue hacia el humorista y le dijo:

"No está bien que se ría de mi trabajo. Yo nunca lo hago del suyo"

(Mejor parto aquí la entrada, porque sino se puede interpretar como un maltrato hacia sus atentas retinas. Así que programo el resto de la entrada -¡qué es la parte buena!- para dentro de un par de días).

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2 Comments:

Blogger Orion said...

¡Buenas!

Como ya comenté por aquí, me has despertado la curiosidad por Alberto Olmos, del que todavía no he leído nada.

Yo también huyo de la prosa recargada y excesivamente retórica, pues me parece artificial, forzada y pretenciosa. Como bien dices, es muy difícil escribir con un estilo florido, sin que por ello deje de resultar natural; Gabriel García Márquez lo consigue y siempre se queda a una prudente distancia de la cursilería. Pero, claro, escribir como Gabriel García Márquez no es fácil. De todos modos, si me ponen contra la espada y la pared y me obligan a elegir entre García Márquez y Vargas Llosa, Roberto Bolaño u Onetti, me quedo con los tres últimos. Creo que este ejemplo constata mis preferencias en lo que a estilo literario se refiere.

La riqueza de vocabulario y la cursilería no siempre van de la mano. Hay autores, por ejemplo, que tienen el don de saber elegir el adjetivo que más se aproxima a la idea que quieren expresar, otros necesitan usar varios adjetivos, para obtener el mismo resultado.

Suelo leer a muchos escritores y de diferentes estilos, aunque me identifique más con Bolaño, Saccomanno y Antonio Muñoz Molina que con Juan Manuel de Prada o Carlos Ruíz Zafón, el cual, me parece bastante cursi (con todos mis respetos para él y sus cientos de miles de seguidores incondicionales).

El mayor incoveniente de un estilo demasiado recargado y retórico,es que puede llegar a distraer la atención del lector y provocar que éste se pierda en una maraña de metáforas, lugares comunes, descripciones interminables o frases pretenciosas, del tipo: "Tomé entre mis manos aquel volumen de lomos aterciopelados y al abrirlo sus páginas aletearon como un pajarillo cautivo al que se le concede la libertad después de un largo cautiverio. El libro exhaló una nube de polvo que me rescató de mis ensoñaciones. Llegué a la conclusión de que hacía mucho años, siglos quizá, que nadie transitaba por los entresijos de aquel legado de sabiduría…”

He leído alguna que otra novela en la que la voz del narrador es muy retórica, así como la de los personajes. Me refiero a novelas ambientadas en la actualidad, en las que parece que los personajes hayan realizado un viaje en el tiempo desde una época pasada. Si oyéramos a alguien cercano a nosotros que hablara como ellos, lo tacharíamos de friki o estrafalario. Otra cosa muy distinta es que esa cursileria o pedantería de un personaje se trate de un recurso del autor, con la intención de destacarlo de los demás que aparecen en la novela.

Al igual que tú, mientras leo, suelo señalar aquellas palabras que no conozco o que me llaman la atención, para luego buscarlas en el diccionario y ver sus diferentes acepciones. También marco con un lápiz los párrafos que más me gustan, o aquellos en los que el autor expresa una idea.

3:04 p. m.  
Blogger Vigo said...

Fundamentalmente concibo los libros como una cuestión de equilibrios, si uno adopta un lenguaje más sencillo convendrá entonces esforzarse en escribir una historia más interesante y tal vez contando verdades desnudas, si uno en cambio enriquece su prosa puede permitirse centrarse un poco más en el estilo y no tanto en esta parte argumental. Para mi el equilibrio lo regula la belleza (que es el resultado de englobarlo todo), si por ejemplo se opta por un lenguaje muy retórico donde la prosa ralentiza el texto, y encima suceden las líneas y prácticamente no se dice nada, el resultado puede ser absolutamente caótico. Esa fue por ejemplo mi sensación cuando intenté leer el Gárgoris y Habidis de Sánchez Dragó: después de leer unas cuantas páginas donde una prosa muy recargada –que encima tampoco me parecía bella- y que me hacía despistarme en cada párrafo. Me pareció insufrible y dejé rápido de leerlo.

Stephen King escribió que un vocabulario “florido” era como ponerle vestido a un animal doméstico. Claro, que los libros de Stephen King pretenden entretener a un lector mayoritariamente adolescente con una buena historia, bien explicada (escribir es seducir). Sin embargo discrepo que esa idea sea absoluta. Una prosa puede ser tan bella que tenga valor sencillamente como lenguaje (especialmente para los “letraheridos”), y no haga demasiado falta que se cuente una historia demasiado emocionante para quedarse admirando la belleza del estilo. A mí por ejemplo no me suelen gustar intelectualmente los artículos de Juan Manuel de Prada, y sin embargo su prosa muchas veces me parece dotada de gran belleza.

Había una frase que no consigo encontrar de quién era, que decía algo así “las escaleras no se descienden sino que se bajan”. Yo creo que a veces las escaleras se pueden bajar como también a veces se pueden descender. Como te decía al principio Orion, para mí todo es una cuestión basada en los equilibrios (lo hemos confesado más de una vez, este blog está afiliado a la Sociedad Carnotista).

El caso de Bolaño, por ejemplo, me recuerda al de Roberto Artl, formalmente su prosa creo que sería mejorable, y sin embargo ambos dicen verdades de la vida que suenan como puñetazos a nuestras mandíbulas, y esta virtud sumada al gran conocimiento que Bolaño tenía como lector, hacen que sus libros me parezcan de lo más interesantes.

Onetti me gusta porque su prosa funciona con muchos vacíos en lo que se cuenta y en lo que se deja de contar, es una prosa sutil o sugerente, donde a veces para entender bien un párrafo debo leérmelo un par de veces, pero luego una vez releído me parece profundamente evocador.

Vargas Llosa utiliza una prosa muy precisa en lo que quiere expresar, y García Márquez es una prosa bastante bella, que queda aún más embellecida por el realismo mágico que suele darse en sus libros.

Lo que tu mencionas sobre los personajes y la retórica es un error muy común, donde por ejemplo un escritor que sea un poquito intelectual, resulta que hace que todos los personajes que aparecen en su novela, hablen también como intelectuales y así por supuesto el efecto no es creíble. El escritor debe funcionar un poco esquizofrénicamente y saberse meter en la mente de cada uno de sus personajes, buscando su forma de expresarse independiente, frente al resto de personajes.

Lo de anotar en los libros, yo hace tiempo que les perdí el total respeto y entre otras cosas, anoto un montón de códigos cuando encuentro un párrafo interesante por una u otra razón. Aunque no soy demasiado peligroso con los libros aún no he llegado al grado de Julio Cortázar que, recuerdo la anécdota, que yendo en tren con Aurora Bernárdez recuerdo la anécdota que en un viaje se pasaban las lecturas que se recomendaban uno al otro, arrancando las páginas de los libros que tenían.

Ale, ya está la segunda parte del post en los kioskos ;)

7:37 a. m.  

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