La Librería

Pequeños retales de literatura

lunes, mayo 07, 2012

El neón de siempre

Hace muchas semanas que no coloco ninguna reseña literaria por aquí, y esto que coloco ahora no llega tampoco a serlo, pero pretende al menos solventar un poco este vacío.

Extincion Leí hace unos días los relatos que componen el libro de Extinción (Oblivion) de ese abanderado de la nueva prosa norteamericana que fue David Foster Wallace. La sensación que me quedó tras la lectura fue agridulce, porque aunque el estilo en algunos momentos si que me pareció original y por encima de la media, especialmente por ese grado de detalle que DFW –de ahora en adelante- buscaba reflejar en su prosa que a veces llega a ser tan impresionante como desconcertarte. Pero me desagradó en la mayoría de las veces, el cómo se cerraban la mayoría de los relatos, por la sencilla razón que creo que casi todos carecen de un final acorde a lo que se merecería el propio relato. DFW consigue que su manera de relatar cada historia que uno fácilmente pueda imaginarse la escena, y sin embargo cuando está ya en el punto cumbre, y espera el giro último del escritor que de la coherencia que el relato suele tener por la propia estructura del concepto relato, se da cuenta el lector que el final propuesto es normalmente abrupto y deja la historia en el punto álgido, sin demasiadas pistas de cual es el verdadero final que uno debe imaginarse. Vale que estoy de acuerdo con los finales abiertos, pero solo cuando se nos dan las pautas para imaginarnos el final que sospechamos. Me molesta cuando en un libro o en una película se me escamotea una parte de la historia que creo que le daría solidez necesaria por lo que yo creo una simple postura de snobismo, o lo que sería peor, de pura vagancia. En mi manera de pensar uno de los mejores cuentistas que han existido desde siempre es Julio Cortázar, y precisamente uno de sus puntos fuertes es la manera que tenía de cerrar los cuentos, donde era habitual que en las últimas líneas él le diera un último giro brillante al relato, que cambiaba la percepción al lector de todo lo leído anteriormente. Eso en DFW no existe, sino que más bien la sensación es parecida a la de un coitus interruptus, que sabe hacia donde quiere dirigirnos pero que al final no sabe como terminarlo.

Por el contrario hay varias cosas dignas de elogio, me gusta esta característica que le inducía a experimentar con su prosa, seguramente alentada por sus clases de escritura creativa que el mismo daba, que le hacía que cada relato sea muy distinto tanto en el estilo como en el tema. A veces DFW cuenta una historia que podría ser sencilla a la hora de narrarla, pero hace una especie de “más difícil todavía” y la misma historia que podría tener solo un plano de perspectiva, DFW la explica desde el punto de vista de alguien que explica que le han contado lo que otro oyó, que responde finalmente a la historia que debía ser contada inicialmente, complicándose todo en una enredada composición de voces narrativas de la que DFW consigue salir milagrosamente indemne.

En una entrevista DFW defendía esa prosa profunda que se desparramaba por la página con una acumulación de divagaciones, con la que en cierta manera intentaba plasmar un proceso semejante al que hace el pensamiento humano. Y aunque siempre valoraré la originalidad, a veces creo que se dispersa tanto en lo que cuenta, que no acaba de llegar a donde debería de llegar, para que sus historias golpeasen de verdad al lector. Temo que muchos relatos se pierdan en el mismo olvido que refleja el título del libro, al no concretar o simplificar el propio relato. Aunque siempre es mejor pecar por exceso que por defecto, porque el exceso de escritura se puede sencillamente podar y de ahí rescatar lo que al final queda (como en su manuscrito póstumo de El rey pálido en el que trabajaba hasta su muerte, con muchas más páginas escritas de las que al final se han acabado publicando) que no pecar por no escribir lo suficiente, que podría ser indicio de falta de talento para la escritura.

Me gustó especialmente el relato de “El neón de siempre” donde una especie de yuppie que parece que tiene éxito en la vida, en realidad es un personaje atormentado y cansado de sí mismo, que siempre hace las cosas de cara al exterior, sintiéndose él mismo como un fraude; que acude a un psicólogo con la esperanza de encontrar una ayuda ante su vacío vital, y sin embargo la esperanza naufraga cuando el se da cuenta que su capacidad mental está por encima de la del propio psicólogo, que nunca le dirá algo que él no haya pensado ya antes. Al final el personaje termina eligiendo el camino del suicidio como solución a su infelicidad.

Toda la vida he sido un fraude. No estoy exagerando. Casi todo lo que he hecho todo el tiempo es intentar crear cierta imagen de mí mismo en los demás. La mayor parte del tiempo para caer bien o para que me admiraran. Tal vez sea un poco más complicado que esto. Pero, si uno lo piensa bien, se trataba de caer bien y de ser querido. Admirado, aprobado, aplaudido, lo quesea. Ya me entienden. En la escuela me fue bien, pero en el fondo mi motivación no era aprender ni mejorarme a mi mismo sino simplemente que me fueran bien las cosas, sacar buenas notas y entrar en los equipos deportivos y obtener buenos resultados. Tener un buen expediente académico e insignias de victorias deportivas en mi chaqueta para enseñarle a la gente. No me lo pasaba muy bien porque siempre tenía demasiado miedo de que no haría las cosas lo bastante bien. El miedo me hacía esforzarme muchísimo, así que todo me iba siempre bien y terminaba consiguiendo lo que quería. Pero en realidad, en cuanto conseguía la mejor nota o ganaba el título deportivo de la ciudad o conseguía que Angela Mead me dejara ponerle la mano en el pecho, no sentía apenas nada más que tal vez miedo a no ser capaz de conseguirlo otra vez.

El neón de siempre -David Foster Wallace-

Es fácil imaginarse que algo más de lo normal hay de él en este relato, cuando aparece otro personaje que responde al propio nombre de David Wallace como un guiño me imagino que hacia si mismo, y que es éste el que hojea el anuario de la universidad, y ve la foto del tipo que antes se ha suicidado, y lo recuerda como un triunfador; al que toda la vida parecía irle viento en popa, y no puede explicarse por qué se acabó suicidando.

Extrañas las vueltas que da la vida, David Foster Wallace parecía también un tipo que tenía toda la vida delante: una bella mujer, dinero, un buen trabajo, y el reconocimiento de todo el status literario que lo consideraba como una de las mayores promesas de la literatura norteamericana contemporánea. El posaba en las fotografías con una estética grunge, fruto quizá del pañuelo que solía atarse sobre la frente -problemas con el sudor explicaba él-. Rodeado de jóvenes que le tomaban como ejemplo del escritor al que ellos admiraban y al que soñaban en sus sueños más profundos con emular, y sin embargo tampoco funcionaba algo del todo bien en la cabeza de DFW que arrastraba una tristeza de la que no sabía desprenderse. Quizás al intentar escribir sufría demasiado, y ni siquiera la escritura le servía de bálsamo contra la soledad que le angustiaba.

Por ello los que le querían no les sorprendió demasiado que un día el David Foster Wallace se colgara de una de las vigas de su casa hace apenas un año.

Neon City Past the Neon City
heavyj


Hay dos cuestiones además en el relato de El neón de siempre que me parecen interesantes -para no extenderme en los otros relatos porque entonces este post pasaría ya de extenso a demasiado extenso y comenzaría a parecer una historia de las propias de DFW-, y que identifico como marca de la casa de DFW: la primera es la discusión filosófica que desarrolla cuando avanza el relato sobre el concepto de la existencia del tiempo (Borges en su momento ya hizo algo parecido en su Nueva refutación del tiempo). DFW disfrutaba introduciendo en su prosa tanto conceptos filosóficos como científicos, y por supuesto, no todo el mundo está al alcance por ejemplo de realizar un ensayo sobre el infinito como el que él demostró escribiendo el ensayo Todo y más. Una historia compacta sobre el infinito. Pero toda esta brillantez erudita, incidía a la vez en dar a sus relatos una especie de perspectiva fría (me imagino que el abuso del detalle es un recurso que termina siempre alienando a cualquier personaje narrador de sus historias).

El otro punto que me parece interesante, y que viene acorde con la tristeza que arrastraba DFW, es esa sociedad norteamericana que aunque presenta una capa superficial de felicidad construida a base del éxito personal, no puede dejar de ocultar los males que le acosan interiormente, en la que al final los sueños de la mayoría de sus ciudadanos se acaban marchitando ante la televisión, y todo lo que en un momento fue esperanza se transforma al final en decadencia. Recuerdo que en el relato de “La chica del pelo raro” de otro de sus libros de cuentos que lleva precisamente ese mismo título, aparece un yuppie que se rodea de punkies más jóvenes que él, y con ellos asiste a un concierto de un pianista de jazz; leyendo ese relato, me acordé mucho del personaje de Holden Caulfield de Salinger en El guardián entre el centeno, solo que a medida que avanza el relato nos vamos dando cuenta que algo no funciona del todo bien en la cabeza de ese yuppie que tiene manías sadopirómanas, como si el personaje de DFW fuera una simple evolución negativa del de Salinger, y que puestos a imaginar creo que bien pudiera desembocar a su vez y con una pizca más de crueldad en el Patrick Bateman de American Psycho del escritor Bret Easton Ellis.

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3 Comments:

Blogger Doctora said...

Uff, a mí es que "El guardián entre el centeno" no me gustó nada, así que...

1:49 p. m.  
Blogger Vigo said...

Beatriz contra El guardian entre el centeno. Eso promete.

A mi en cambio el libro me gustó bastante. Holden Caulfield es un rebelde inconformista, pero que en realidad el mismo no ha descubierto aún que lo es. Lo cual creo que le hace ser un incomprendido (varias personas a lo largo de mi vida me han comentado que este libro no les ha gustado).

Aunque yo de tí, quizás dentro de un tiempo le daría otra oportunidad a Salinger. Para mí es un gran escritor y cuando monta diálogos, lo hace de forma brillante (en eso os parecéis ;))

8:17 p. m.  
Blogger Orion said...

Esta mañana he sacado "Extinción" de la biblioteca de mi barrio. Ya te daré mi opinión cuando haya leído, al menos, tres o cuatro relatos. Seguramente tarde un poco porque ahora estoy con tres libros a la vez:
"Extinción", "La mujer calva" de Cristina Cerrada y "Las palabras andantes" de Eduardo Galeano.

Te recomiendo que leas algo de Cristina Cerrada. Creo recordar que en una respuesta a uno de tus posts, comentabas que te gustaba o te atraía el realismo sucio. En la prosa de Cristina se nota la influencia de escritores como Fante, Richard Ford, Raymond Carver, influencia que sólo percibe quien ha leído mucho a estos autores, pues Cristina es valiente y le gusta experimentar de una novela a otra, sin perder su propia esencia.
Me encanta ese tipo de escritor curioso, que se divierte probando cosas nuevas y hace una novela combinando dos o más tipos de voces narrativas, con una estructura poco usual y compleja, o inventando palabras, como hacía Cortázar :)

Te recomiendo de Cristina Cerrada: "Alianzas duraderas", "Anatomía de Caín" y "La mujer calva".

PD: Un poco tarde mi comentario, pero... Nunca es tarde si la dicha es buena, ¿no?

10:03 p. m.  

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