Lógica difusa aplicada a la vida real
A usted lector que llega a esta bitácora le anuncio que todo lo que lea a partir de esta línea es hermosamente falso. Hoy al menos nos refugiamos en el sabor de las dulces mentiras y abominamos de las verdades absolutas. Así que partimos de la base de que cualquier cosa que diga no tiene mayor valor de lo que se dice una vez para no volver a ser repetido.
Sí, les voy a mentir. ¡Ni pentotal sódico, ni narices! Ya que meto una moneda en la gramola para que esto suene –después de tantos días-, no me pidan que me revuelque en esa sucia realidad que compone la sinceridad más descarnada, porque esta aquí estos días es un valor que está en franca decadencia. Recuperando aquel ensayo de Oscar Wilde, que hablaba de decadencias; el verdadero arte esta hecho de mentiras.
A fin de cuentas toda mentira es una verdad mal interpretada. El maniqueísmo de la dualidad verdad/mentira es falso, la realidad está compuesta de un abanico de grises. Y si todo lo que escribo es puramente falso, es que tal vez les cuide demasiado, y no quiero que ese fulgor que emana de las verdades absolutas les acabe dejando ciegos.
Una vez me contaron un secreto que no debía contar, y a uno de mis mejores amigos le debieron contar supuestamente el mismo secreto en lo que supongo otra noche de locura y alcohol. Ambos fuimos cargados con el peso de la verdad, y ambos desde ese momento fuimos celosos guardianes de esa oscura realidad que con los años llegó a ser mucho más lejana de lo que abarcaban nuestros más inmediatos recuerdos. Pero aún así hubo días de nostalgia, en los que él y yo nos acercamos al tema y que por ley natural tendrían haber salido a flote y desvelados aquellos antiguos secretos. Pues no, a ambos nos han educado para actuar como tumbas. Aunque después de tantos años intuíamos que los dos compartíamos el mismo secreto, hicimos como esos gatos que se observan atentamente mientras andan en círculo. Eso sí, entre risas. Intentando no dar un paso en falso. Y creo que si el me hubiera preguntado directamente yo le hubiera tenido que mentir. La ley de Coughlin dice, si te preguntan una verdad que no quieres decir, tendrás que responder con una mentira, aunque ambos sepáis que la respuesta es absurdamente falsa. Y la ley de Coughlin segunda parte, dice que aunque te pillen en falso hay que negarlo siempre.
¿Por qué uno de tus mejores amigos te puede obligar a mentir? La respuesta es sencilla, se protege siempre a terceras personas. Esas terceras personas suelen ser mujeres que pasaron por nuestras vidas, y que aunque ellas hayan ya desaparecido ya de nuestros caminos, el vínculo de ese viejo secreto permanece. Por una sencilla razón: porque una vez las amamos, y porque una vez les hicimos una promesa.
Y es que las promesas son sagradas, y la verdad es una puta basura. Y además suele hacer daño.
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El amigo Casciari es un hdp de los de mayor calibre, ¡en el buen sentido! En el único que es aplicable a alguien que escribe como los ángeles -ángeles chéveres por supuesto-. Sabe perfectamente encontrar la belleza en la simplicidad; tocar la fibra sensible en el momento adecuado aplicando un punch directo a la mandíbula del lector. Pero sobretodo, y lo que más le caracteriza es que domina lo que la mayoría de escritores, dramaturgos, y demás ralea de la pluma -con admiración y sin ofender- siempre han dicho que es el género más complicado y es la comedia. El dignísimo arte de saber hacer reír a los demás. Casciari es un cachondo de la palabra, te enseña sus pequeñas intimidades, pequeñas miserias repletas de humor, y luego cuando uno avanza en la anécdota, se da cuenta que sin darse cuenta la tortilla se ha girado, y que el hombre derrotado se ha convertido en una especie de héroe cotidiano enfrentado contra el girar del mundo, en el que todos nos sentimos en parte reflejados.


